Los detectives salvajes de Roberto Bolaño
A Los detectives salvajes del chileno Roberto Bolaño le tomó unos cuanto años convertirse en a)Biblia del mochilero latino y b)Biblia del joven escritor latino. Su intensa crónica de los viajes aleatorios de dos aspirantes a poetas alrededor del mundo ha inspirado a hordas de hambrientos trotamundos a colarse sin invitación en los pisos de sus lejanos contactos de Facebook.
Para ellos, la novela magna de Bolaño es una clara invitación a vivir la experiencia de la Escritura y el Viaje antes que a escribir o dar algún sentido a la vida: Drogas, sexo, pachulí y El cóndor pasa en versión tecno están llamados a ocupar el lugar que la educación y el esfuerzo tenían en otras generaciones. Los nietos tardíos de los Beat invaden Europa.
Desgraciadamente para ellos, la novela de Bolaño apunta en otra dirección.
Los detectives Salvajes en realidad trata sobre un trío de aspirantes a poetas con la consigna de incendiar y destruir la tradición literaria mexicana (hay una parte muy divertida donde intentan secuestrar a Octavio Paz). El plan: encontrar a una poeta perdida 50 años antes, Cesárea Tinajero, cuya obra renunció al lenguaje y se compone de poemas gráficos, infantiles, banales… El último sitio donde se le vió: los desiertos de Sonora.
El resultado de esa aventura (y la razón por la que los dos sobrevivientes del grupo deambulen como ángeles de la desolación por toda la faz de la Tierra) es algo que se escapa o que los sufridos hipster del mundo no quieren ver. La lección de Los detectives salvajes es, probablemente, la más dura de la literatura hispanoamérica reciente: ¿A dónde hemos de ir cuando descubramos que bajo a poesía está la Nada?













